Aunque Colombia se acerca al pleno acceso financiero en cifras oficiales, la realidad cotidiana muestra otra cara: el efectivo aún domina cerca del 79 % de los pagos diarios y millones de personas siguen recurriendo al crédito informal, conocido como gota a gota, con tasas que pueden superar el 380 %. Este contraste es el punto de partida del libro “Colombia Fintech 2026–2030”, presentado por el gremio Colombia Fintech, que reúne a más de 390 empresas del ecosistema digital.
El documento llega en un momento clave, marcado por la entrada en operación del sistema de pagos inmediatos Bre-B del Banco de la República y los ajustes regulatorios para la implementación de las finanzas abiertas. En este contexto, el gremio envía un mensaje directo al próximo Gobierno y al Congreso: el principal problema del sistema financiero colombiano ya no es de acceso, sino de diseño.
Durante el lanzamiento, Gabriel Santos, presidente ejecutivo de Colombia Fintech, afirmó que abrir cuentas no garantiza inclusión real si las personas no pueden usarlas para ahorrar, pagar o financiar proyectos sin caer en la informalidad. Según el análisis, factores como techos rígidos a las tasas de interés, cargas tributarias a los pagos digitales y un sistema de datos financieros cerrados han favorecido el uso del efectivo y ampliado el espacio para el crédito informal.
El libro plantea una reconfiguración profunda del sistema financiero basada en tres ejes que deben avanzar de forma simultánea: competencia, inclusión e innovación.
En materia de competencia, se cuestiona la existencia de “jardines cerrados” que limitan la libre movilidad del dinero y la información financiera de los usuarios, reduciendo la posibilidad de elegir entre diferentes actores del sistema. Voces del sector digital señalan que la interoperabilidad y reglas iguales para todos son condiciones necesarias para dinamizar el mercado.
En inclusión, el reto es pasar del “tener” al “hacer”: no basta con poseer una cuenta, se requiere que el historial transaccional —como pagos de servicios o telefonía— permita acceder a crédito formal, reduciendo la dependencia de garantías físicas que hoy excluyen a trabajadores informales y jóvenes emprendedores. La infraestructura pública de pagos aparece como un elemento decisivo para lograr condiciones equitativas.
El tercer frente es la innovación. El informe advierte que Colombia ha avanzado, pero aún mantiene tecnologías como las finanzas abiertas y los criptoactivos en zonas grises regulatorias, lo que frena su adopción estructural. La brecha entre la velocidad del sector y la actualización normativa, señalan los expertos, continúa siendo un obstáculo para consolidar un sistema más incluyente.
La conclusión del libro es contundente: modernizar el sistema financiero no es una discusión ideológica, sino una condición necesaria para reducir informalidad, desigualdad y pobreza. Para Colombia Fintech, el próximo Gobierno tiene la oportunidad de cerrar la distancia entre las estadísticas y la vida diaria de millones de ciudadanos, apostando por un modelo donde la tecnología, la regulación y la competencia trabajen en favor del bienestar colectivo.